Casa de La Lira

José María Rodríguez Durán

Casa de La Lira

El 8 de septiembre de 1847, en el tradicional barrio cuencano de El Vado, nació José María Rodríguez Durán, heredero de una importante tradición musical que se había iniciado con su abuelo, Hermenegildo Rodríguez Parra, compositor y organista de la iglesia del Carmen, y consolidado con su padre, José Nicolás Rodríguez Parra, Maestro de Capilla de la Iglesia de las Carmelitas, organista de la Catedral y Maestro Mayor de Música de la ciudad.

La casa de los Rodríguez, hasta hoy conocida como la Casa de la Lira, era el sitio ideal para las reuniones artísticas de los cuencanos, y allí José María, siendo niño aún, causaba admiración entre los invitados de su padre y abuelo por la belleza de su voz y precoz musicalidad. La presencia en esas veladas de compositores e intérpretes de la talla de Miguel Morocho, Miguel Espinoza o Ascencio de Pauta, fue decisiva en su formación musical.

Con posterioridad, su voz adquirió el registro de barítono y formó parte de los coros de la Catedral y del Templo del Carmen. A la muerte de su padre, en 1860, las religiosas carmelitas lo nombraron organista de dicho templo, en reemplazo de su progenitor. De forma paralela, continuaba su formación musical gracias a la presencia en esta ciudad de Miguel «El Leuco» Espinoza, músico cuencano recién retornado de Lima, virtuoso en la ejecución del arpa y de la guitarra, y experto conocedor de la armonía y la composición. Este nexo posibilitó, además, que José María contrajera matrimonio, en primeras nupcias, con Josefa Espinoza, hija de su maestro. Posteriormente, y luego de enviudar de doña Josefa, se casó con Elena Mora, con quien procreó cuatro hijos (Lola, Elena, José Miguel y Alberto), todos ellos aficionados a la música pero sin la trascendencia de sus antecesores. Más bien, sus sobrinos Luis y Amadeu Pauta Rodríguez (hijos de Ascencio de Pauta) proyectaron con limpidez el acervo musical de sus mayores.

En su Casa de la Lira, Rodríguez estableció una especie de «conservatorio» donde dictaba clases de piano y otros instrumentos. Allí se adecuó, además, una «sala de conciertos» donde se ejecutaban arias de óperas, zarzuelas, conciertos de música clásica y popular; además se ensayaban repertorios para las celebraciones religiosas como las Fiestas Marianas, el Septenario, el Viernes Santo, etc. José Maria Astudillo Ortega define así al maestro: «Don José María enseñaba desde el bombo hasta el «cantante»; desde el adocenado corista, hasta el escogido solista. Pero, apenas advertía el fantasma del «mal oído» del desafinado u otra pelada… entonces resaltaba su flaco (sic), el incorregible flaco de su nerviosidad». (Astudillo Ortega, 1942; 127)

En 1907 se lo nombra Director de la Banda del Santísimo o de La Salle, ensamble musical constituido por iniciativa de Víctor J. Cuesta y Nicolás Sojos, con la participación de chicos de la Escuela de los Hermanos Cristianos y novatos colegiales.

Su talento musical y especial don de gentes le granjearon el aprecio de personajes ilustres de la época, como Remigio Crespo Toral, Miguel Moreno, Julio María Matovelle, Honorato Vázquez, entre otros, con los que compartía inquietudes artístico—musicales y para quienes musicalizaba sus poemas.

Su prolífica actividad compositiva abarcó diversos géneros y formas, y algunas de sus obras gozaron de gran popularidad, por ejemplo la cuadrilla «Lamentos del Artista», que se ejecutaba ceremoniosamente en los actos públicos, después del Himno Nacional; el «Stabat Mater Dolorosa», que se constituyó en el símbolo musical de las ceremonias religiosas del Viernes Santo, o el himno «Lumbre de Mayo», con letra del seminarista Eloy Abad, para despedir al mes de mayo:

«Lumbre de Mayo, risueña / la montaña te escondió, / mientras de lejos te alcanzan los acentos de mi adiós…

<… Ay, Madre, la luz se apaga, / Ay, Madre, se esconde el sol. / Adiós, oh, Mes de María, / Oh mes de mi Madre. Adiós…»

En 1940, a los 93 años, y en la misma casa donde nació, aprendió y enseñó su música, y la de los grandes maestros, falleció don José María Rodríguez, orgullo de la morlaquía y patrono del Conservatorio de esta ciudad.

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